20 de enero de 2014

Si te hablo de muerte, escógela poética-(Sexenio-Puebla 14/01/14)

¿Cómo se enfrenta la muerte de un padre? ¿Cómo superar la orfandad paternal? Son algunas de las preguntas que seguramente se hizo Carlos Azar Manzur al concebir su poemario: El círculo de la presencia (Elefanta editorial, 2013).

El lector que se enfrente al poemario de Carlos Azar será parte de una vieja tradición poética: escribir ante la pérdida de un ser querido; lo han hecho poetas como Jaime Sabines o Juan Eduardo Cirlot. De igual forma, participará en dos diálogos poéticos: el primero de ellos rememora el cómo Héctor Azar afrontó la muerte de su padre; y el segundo plano conversacional sería el que guarda todo este poemario con el sentimiento de desabrigo que deja en Carlos Azar la desaparición de su padre. Por otro lado, El círculo de la presencia tiene en Mortus plango, vivos voco de Jonathan Harvey y en Gerard Griséy la clave secreta del cómo concibió la estructura del poemario: una escala cromática, en lamento; compuesta por 3 poemas largos, 2 cortos y 1 epílogo. Este poemario -señala su autor- está conformado por tres elegías que concentran tres puntos de vista: la confusión ante la muerte del padre, la imprecisión sobre la vida del hijo y una suerte de conversación con la obra de Harvey, un tipo de contestación poética.

El círculo de la presencia es la metáfora de la búsqueda que significa responder: quiénes somos y qué hacemos aquí; un eventual eterno retorno.

Aquí la poesía recupera su origen intimista, donde el autor ha elegido compartirnos lo que le duele buscando, quizá, un remanso, una cura; porque la poesía purifica. Y a pesar de ser doloroso, también otorgar una serie de certezas sobre el sentido que tiene el acto de vivir y también el de escribir.


El círculo de la presencia como una fórmula para afrontar -de la forma más bella posible- la muerte de un padre.