21 de diciembre de 2014

A mis maestros culturales, con cariño-(Sexenio-Puebla 07/03/14)

La vida, siempre he creído, se construye a base de sueños e ideales.

De chico quería futbolista y jugar para el Puebla. Practiqué el fútbol por años, estuve en las fuerzas básicas de la UPAEP que en su tiempo eran filial del Puebla y me tocó ver entrenar a jugadores como: Omán Biyik, Alejandro “El gallo” García, Juan Ignacio Palou, Eduardo Córdova; entre otros. Después la desidia y los contratiempos económicos me alejaron de aquél sueño.

Corría el año 2003, sin haber leído mucho, casi nada, tomé mi primer taller literario: “Iniciación a la narrativa” con Verónica Estay por tallerista en Casa del Escritor, con ella conocí la literatura. Pasados los meses ingresé al Seminario “Voluntad y renuncia en la Literatura” de Pedro Ángel Palou, quien se convertiría en mi Virgilio literario. Gracias a él tuve grandes lecturas: Faulkner, Nabokov, Kafka, Bolaño, Fuentes, Tabucchi, Naipul, Cirlot; por nombrar algunos. Con el paso de los años nació una amistad llena de complicidades literarias, pero también una admiración hacía su trabajo como gestor cultural. Los azares del destino hicieron que Pedro Ángel Palou se convirtiera también en mi maestro de gestión cultural y un amigo eterno.
Fue aquí donde nació mi actual sueño: dirigir la Secretaria de Cultura de Puebla.

Llevó tres años dentro de la estructura del Consejo Estatal para la Cultura y las Artes de Puebla (CECAP). Años llenos de alegrías, grillas y desencantos, pero siempre acompañados de gratos y dolorosos aprendizajes.

Hace unas semanas tuve la oportunidad de estar bajo las órdenes de dos grandes seres humanos: Moisés Rosas Silva y Joaquín Alonso Muñuzuri. El primero fungió como Secretario Ejecutivo del CECAP y el segundo comandó los destinos de la Dirección de Museos de la misma institución.

Moisés Rosas me dio buen trato, nunca me presumió sus conocimientos y sí los compartió. Tuvo tiempo para escuchar proyectos, confió en mis capacidades individuales y las explotó cuando fue necesario o simplemente supo mantener una conversación amistosa conmigo o cualquiera de sus colaboradores.

Joaquín Alonso me enseñó que para obtener buenos resultados es necesario tener un equipo de trabajo unificado. Explotó las capacidades de cada uno de los que trabajamos a su lado, cuando era necesario me aplaudía el esfuerzo o me pedía mejorar lo realizado. Nunca hubo un regaño, desplante o humillación. Me demostró que alguien que sabe dar órdenes es porque también sabe hacer lo que se está pidiendo: si había que cargar, cargaba; si había que desmontar una exposición, ayudaba a desmontar. Y al final de un trabajo realizado, siempre había un “gracias” y cada orden venía antecedida de un “por favor”. Siempre intentó tener nivelada la parte humana con la laboral, pues si la primera parte no estaba bien, la segunda no iba a dar el cien por ciento requerido.

Ambos, recientemente, dejaron las filas del CECAP para unirse al CONACULTA, precisando al FONCA. Hoy les debo el pertenecer a un equipo de trabajo valioso, humano y muy querido. Les agradezco la oportunidad de conocer a personas valiosas que las envidias de otras me habían impedido tratar. Además de la grata experiencia de quedarme con sus enseñanzas y amistad.

Toca continuar aprendiendo del equipo de trabajo al que pertenezco y queda seguir confiando en la visión de Sergio Ortíz y Octavio Ferrer.


El sueño de dirigir -alguna vez- la instancia cultural del Estado de Puebla, sigue vigente. Muy seguido me desencanto. Es parte del trayecto.