21 de diciembre de 2014

El llanto hecho poesía-(Sexenio-Puebla 07/07/14)

La muerte es el punto final de la vida del ser humano. Se llega sin posibilidad de escapar.

Sin embargo, la muerte siempre dolerá para los que se quedan y más cuando ésta llega de forma abrupta, violenta.

En el norte de México, la muerte se ha vuelto un hecho cotidiano a raíz de la lucha contra el narcotráfico. Ciudad Juárez es una de las ciudades que más se ha visto afectada; misma que viene arrastrando el tema de las mujeres asesinadas en Juárez. Situación que ha provocado el éxodo hacía el centro y sur de nuestro país.

Jorge Humberto Chávez ha recurrido a la poesía para ponerle nombre a tanto dolor. Aquí se le rinde un homenaje poético a tanto desaparecido. Los versos vertidos por el poeta no denuncian, pero si buscan encontrar un alivio, un confort o algo que sirva para aminorar el sufrimiento.

La ausencia y la soledad del “otro” es un tema que aparece a lo largo del poemario, pues la muerte deja eso a los sobrevivientes. Por ello, la sensación  de extravío que siente “la voz poética” no debe extrañarle a nadie.

Te diría que fuéramos al Río Bravo a llorar pero debes saber que ya no hay ni río ni llanto es la gran metáfora unificadora, aquí recae todo el simbolismo del poemario. Los habitantes del norte del país han sollozado tanto a sus muertos que su llanto se extinguió y son tantas las víctimas en el norte que el Río Bravo ha desaparecido, pues el agua es el símbolo universal de la vida. Habitantes y tierra se convierten en almas penantes. Almas que buscan paz y quizá la poesía sea la única forma de hallarla.

Salir bien librado de este poemario es imposible.

Si antes era inadmisible andar campante por la vida sin que tanta muerte nos afectara, después de leer este poemario sería absurdo.

Un gran poemario que fue acreedor del Premio Bellas Artes de Poesía Aguascalientes 2013, cuyo jurado estuvo conformado por Hugo Gutiérrez Vega, Efraín Bartolomé y Nelson Simón.


El poemario es frío, letal, por ello es certero y no sacrifica ritmo ni musicalidad, por eso es bello. ¡Cuánta razón tenían Álvaro de Campos y Ricardo Reis (Fernando Pessoa)!